El nombre de Andrea Ferreyra quedará grabado en la historia del vino argentino al convertirse en la primera mujer nominada a los Wine Star Awards, conocidos popularmente como los “Oscar del vino”. Aunque con modestia afirma que este reconocimiento podría haber recaído en otras colegas que han desarrollado una labor destacada en la industria, la realidad indica que sus méritos le dan cabida en la selecta nómina de solo cinco enólogos que Wine Enthusiast, la publicación responsable del galardón, escogió como las figuras más relevantes del 2026.
En las razones que presentó la publicación estadounidense para la nominación como Winemaker of the Year se resaltó su labor en Finca La Celia, la primera bodega fundada en el Valle de Uco, en 1890, y se subrayó su trayectoria de más de veinte años ligada a las principales compañías vitivinícolas de Argentina.
Según Wine Enthusiast, su dominio del clima y del suelo mendocino se traduce en vinos de una pureza excepcional, con la elegancia y la precisión como sello distintivo. La revista destacó también que sus vinos acumulan elogios y altas puntuaciones, y que esos resultados confirman que la cordillera de los Andes puede producir Malbec y Cabernet Franc de primer nivel.
Este reconocimiento situó a Ferreyra en una selecta lista de apenas tres enólogos argentinos que habían sido nominados en esa categoría anteriormente. Jorge Riccitelli, de Bodega Norton, fue el único que se llevó el premio, en 2012, convirtiéndose en el primer sudamericano en ganarlo. También aparecieron entre los nominados Juan Pablo Murgia y Alejandro Vigil, este último director de enología de Catena Zapata.
Durante una entrevista con MDZ Online, Andrea Ferreyra habló de su formación, de sus dos décadas en La Celia y de su lectura de la coyuntura que atraviesa la vitivinicultura argentina. También mencionó la importancia de la nominación de otros argentinos en distintas categorías que reconocen los Wine Star Awards: Laura Catena, directora de Bodega Catena Zapata, quedó nominada en la categoría Innovator of the Year; José Alberto Zuccardi, de Familia Zuccardi, compite por el premio Wine Executive of the Year; y Bodegas Salentein, del Valle de Uco, integra la lista de nominados a New World Winery of the Year.
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-¿Quién es Andrea Ferreyra?
-Soy enóloga. Me formé en el Liceo Agrícola, realicé allí la educación secundaria. Siendo de la generación anterior, en esa época se rendía un examen de ingreso, una prueba a la que muchos jóvenes aspiraban para acceder a las facultades de la Universidad Nacional de Cuyo, pero muy pocos lograban ingresar. Era bastante elitista la selección, basada cien por cien en mérito académico.
Ese instituto tenía una orientación hacia el bachillerato, una educación muy enciclopédica, como era entonces, pero también contaba con toda la formación técnico-agraria y enológica, una actividad que marcó el rumbo de la provincia de Mendoza.
Después, cuando volví al Liceo Agrícola, estudié Agronomía durante algunos años, me di cuenta de que no era lo mío y me cambié a la Facultad de Enología. En esa época, el único lugar habilitado para estudiar Enología era el Instituto Don Bosco, que dependía académicamente de la Universidad Maza. Me titulé ahí, luego realicé un posgrado en la Universidad Maza y, hace unos años, concluí una maestría, que todavía no juraré. Presenté la tesis final y me fue muy bien, pero aún me queda la defensa, es una asignatura pendiente.
Paralelamente empecé a trabajar en otras bodegas hasta arribar a La Celia. Tuve el privilegio de trabajar con referentes de nuestra industria. Hice una temporada junto a Susana Balbo, era muy joven, y me da un poco de vergüenza haber sido nominada cuando hay muchas mujeres que ya hicieron escuela y abrieron camino a las que seguimos. Espero que yo, y mi generación, podamos allanar el camino para las enólogas jóvenes que vendrán.
También trabajé en las Cavas Weinert y luego, en la vendimia de 2006, inicié mi carrera en Finca La Celia. Recuerdo que la entrevista de ingreso fue un 23 de diciembre de 2005, a las siete de la tarde, cuando todos celebraban y yo me encontraba en una sala de entrevistas. La Celia es mi lugar en el mundo. Es un sitio maravilloso para trabajar; como todo empleo, tiene sus complicaciones y está algo lejos, yo vivo en Maipú, pero es, sin dudas, mi lugar en el mundo.
-Llegaste ahí en 2006, ya pasan más de veinte años. En ese periodo te convertiste en la referente de la bodega. ¿Qué bodega encontraste en aquel momento y qué crees que aportaste a lo largo de estos años?
-Para mí hubo un quiebre importante antes de entrar a trabajar en Finca La Celia, cuando hice el posgrado de Enología y Viticultura. Porque, ¿qué pasa? Cuando sales de la universidad, sales con toda la poesía del vino, con toda la parte bonita de la enología, y no ves la industria como negocio. Ese posgrado me dio un cachetazo, me hizo madurar, me dijo: “pará, esto es un negocio”. La parte técnica es excelente, porque es tu formación, lo básico, pero detrás de eso hay un negocio. Concebir la enología o la viticultura como una estructura organizacional me hizo madurar mucho, y entré a La Celia con esa madurez.
Del 2006 a la actualidad cambiaron los estilos, las miradas, el rol de la mujer y también los equipos con los que me tocó trabajar. Me encontré con una bodega que ya era pionera en muchas cosas, que tenía, por ejemplo, las normas de calidad muy bien engrasadas. Yo venía de una bodega con un formato más familiar, así que hubo un choque, pero me adapté, como corresponde.
Y me tocó vivir una helada durante la vendimia, algo que yo no conocía, pues trabajaba en Luján y para mí la helada del Valle de Uco era noticia del día siguiente. La parte climática, el frío del Valle de Uco, especialmente en la zona de San Carlos, donde estamos, y el desplazamiento, fueron aspectos importantes.
-¿Viajás todos los días a San Carlos?
-Hoy no, hoy estoy aquí, pero mi rutina habitual es Maipú-San Carlos, San Carlos-Maipú, todos los días. En el trayecto puedo desviarme un poco, visitar algún proveedor o mantener otra reunión. Pero esa es la cadencia, y la calidad siempre estuvo presente, desde la cuenca del río Mendoza hacia el sur, en nuestra concepción.
Me moví un poco más al sur y la verdad es que el lugar donde trabajamos es maravilloso; ya el paisaje en sí es completamente amigable. Tenemos incorporado a diario ver un viñedo y, al fondo, la referencia de la montaña, pero no todos tienen esa oportunidad. Yo sí, aunque no sea algo generalizado.
-Hablabas de entender el vino como negocio. La Celia es una empresa que pertenece a una compañía como CCU, un gigante internacional. ¿Cómo se da esa convivencia de lo industrial con lo corporativo?
-La Celia forma parte de un grupo vitivinícola chileno llamado Viña San Pedro Tarapacá, que posee varias bodegas en Chile y dos acá en Argentina, La Celia y, desde hace algunos años, Graffigna. Y la verdad es que cada bodega y cada marca de vino, a pesar de pertenecer a un grupo multicategoría como CCU, que maneja bebidas con y sin alcohol, conserva su identidad. Hay procesos que son comunes a casi todas las bebidas, procesos que podríamos llamar administrativos o de gestión, pero la parte productiva y la identidad de cada producto le corresponden a la bodega o a la marca correspondiente.
-¿Por qué crees que fuiste nominada como una de las mejores enólogas del año?
-Después te comparto el enlace para que lo leas, pero quiero aclarar un par de cosas primero. Esta nominación me llena de orgullo a nivel personal, pero también soy consciente de que hay muchas mujeres, muchas profesionales del vino que realizan la misma labor que yo, o incluso la superan, y que no recibieron este reconocimiento.
Para mí esto es un logro colectivo, no es un cliché, así lo siento. Es un logro conjunto de la viticultura de Argentina, de Mendoza, del Valle de Uco y, sobre todo, a través de mi persona, poder representar a todas esas mujeres que trabajaron, trabajan y seguirán trabajando en nuestra industria. No quiero ser la abanderada ni la feminista, ni mucho menos, pero es una realidad que me enorgullece enormemente: soy esa persona.
-Que vos seas la primera.
-Pero también es cierto que quizá, si yo no trabajara en La Celia, no gozaría de esta visibilidad.
-Mencionaste a Susana Balbo y a otras mujeres de la industria. ¿Por qué crees que, desde la primera nominación argentina en 2012 hasta ahora, casi quince años después, no ha habido otras mujeres, a pesar de lo que mencionas?
-No lo sé. No ha ocurrido, pero no por falta de talento femenido. Quizá en el momento de la nominación se priorizaron otros nombres. Habría que preguntarle a Wine Enthusiast. En el enlace que te voy a compartir se explica claramente el motivo de mi nominación, y se hace referencia a los años que llevo en una misma empresa y a mi aporte, en mi caso, al Cabernet Franc y al Malbec dentro del contexto del Valle de Uco.
-La viticultura de Mendoza y de Argentina está en un momento muy desafiante, no solo para el mercado local sino a nivel internacional, donde cada vez se consume menos vino y donde para las empresas resulta cada vez más complejo sostener la rentabilidad. ¿Cómo lo ves, cuál es tu lectura de esta realidad?
-Creo que estamos frente a ciclos y que todos conocemos las razones de nuestro estado actual; no voy a decir algo que ya sepas. Es necesario esperar un poco para acomodarnos, entender qué podemos producir y, al mismo tiempo, centrar la mirada en la demanda. En estos reajustes, es probable que la producción disminuya, y está bien que así sea, porque debe ajustarse a las necesidades. En cierta medida, es un saneamiento o un sinceramiento. Si tomamos un valor de referencia, digamos diez, la producción debería ser diez; no se puede exceder a quince o veinte. Será duro, sin duda, para muchos productores.
Pero tampoco abandono la esperanza, porque esta bebida milenaria sigue presente. Hace poco viajé con mi familia al viejo continente y, si bien hay menos consumo, no se ha perdido. Por supuesto, se prefieren vinos de gran calidad, pero a veces de graduación más moderada. Aun así, hay consumo de vino, y me alegra ver a mucha gente joven disfrutándolo. Las estadísticas muestran otra realidad, sí, pero hay que convivir con ello, no lamentarse, y prepararse para lo que viene.