Federico Cassone: Seguí tartamudeando, pero ya no permití que la tartamudez pusiera límites a mi vida

21 agosto, 2026

Existen historias familiares que se escriben entre viñedos, cosechas y generaciones. La de Federico Cassone es una de esas historias. Su abuelo inició la elaboración de vino entre las décadas del cuarenta y sesenta; su padre, aunque eligió la medicina y se convirtió en cirujano, mantuvo siempre un vínculo profundo con la vitivinicultura.

Federico retomó aquella tradición y, con apenas 23 años, inició su formación en enología en California. En la actualidad dirige una bodega familiar que ha construido su identidad en un paisaje dominado por grandes actores.

Pero detrás del empresario que habla de mercados, consumidores, etiquetas y nuevas tendencias existe una historia más íntima. Federico tartamudea. Y durante gran parte de su vida convivió con esa particularidad del habla, hasta que decidió estudiarla, entenderla y, finalmente, contarla.

A los 47 años publicó un video en sus redes para hablar de la tartamudez, y lo que recibió a cambio fue inesperado: mensajes de personas que se reconocían en su historia, padres que buscaban orientación y adultos que, como él, habían pasado años intentando ocultar algo que no debería dar vergüenza.

Esta es la conversación con un hombre que aprendió que, a veces, la verdadera libertad no reside en dejar de tartamudear, sino en dejar de preocuparse por la forma en que se habla.

Federico Cassone: el artesano del vino

—Fede quiero empezar charlando sobre el mundo de tu trabajo. Tu familia lleva generaciones vinculada al vino. ¿Qué significa para vos, en este momento, tomar las riendas de una bodega familiar y boutique, en un mercado donde compiten empresas gigantes?

—Formo parte, sin duda, de una historia que empezó con mi abuelo. Él elaboró vino entre los años 40 y 60. Como ocurre con muchas historias familiares, nada es para siempre. Cuando dejó de existir, mi padre era muy joven y aspiraba a ser médico, quería ser cirujano, y lo consiguió. Fue y sigue siendo un hombre sumamente estudioso y dedicado a su profesión. Pero siempre conservó un cariño y una afinidad muy grande con la industria del vino, fundamentalmente a través de los viñedos.

Ahí aparecí yo, que aprendí y también tuve esa afinidad. Porque, si no hay afinidad con lo que uno hace, es bastante difícil. Retomamos la actividad de Familia Cassone después de un lapsus y empezamos de nuevo, haciendo algo chiquito, viendo, probando. Y cuando miro para atrás digo: hemos hecho un montón. Construimos marcas, hicimos vinos conocidos y fuimos creciendo. Mi obligación siempre la resumo de una manera muy sencilla: trabajar bien y a conciencia.

—¿Hubo un momento en el que dijiste “esta va a ser mi profesión, esta va a ser mi vida”, o fue algo que apareció casi sin darte cuenta?

—Tengo una anécdota muy clara. Estaba estudiando en Estados Unidos y ya habíamos empezado a hablar de la posibilidad de hacer vino. Eran los años 90, una década muy importante para el cambio de la enología argentina: comenzaron a llegar barricas, levaduras seleccionadas, acero inoxidable, tecnología nueva y se empezaron a hacer volúmenes más chicos.

Mi viejo tenía ganas de volver a hacer algo parecido a lo que había hecho su padre. Y un 4 de enero me escribió un mail para decirme que la empresa de los tanques de acero, el equipo de frío y la moledora llegaban: le habían confirmado que entregaban todo en marzo. Ahí tuve la seguridad de que en dos meses empezábamos a hacer vino.

Un año y medio antes le había contado que había aparecido una carrera corta de enología en la Universidad de California. Me dijo: “Si te interesa, yo te ayudo”. Y le dije que sí, sin tener realmente la seguridad de dónde me estaba metiendo.

—¿Qué te había atraído del vino?

—Tenía afinidad con la industria. Durante las cosechas acompañaba los camiones a las bodegas, veía qué pasaba, hacía amigos. Conocí a muchos enólogos que trabajaban en las bodegas a las que les vendíamos uva. Me parecía entretenido, divertido. Todavía no conocía la parte técnica ni la comercial. Yo tenía 23 años y, como digo siempre, tenía un corcho en la cabeza.

Pero cuando mi viejo me dijo “si te interesa, yo te ayudo”, y le contesté que sí… dije para mis adentros: “ahora lo tengo que hacer, no me puedo echar atrás”. Ya había estudiado Administración de Empresas y esto me daba un camino nuevo. Con el tiempo descubrí que podía combinar las dos cosas. Y me encantó.

—¿Estamos atravesando una caída mundial del consumo de alcohol y cambios muy fuertes en los hábitos, sobre todo entre los jóvenes. Desde adentro de la industria, ¿hay que preocuparse o hay que ocuparse?

—Mira, que haya crisis o no en una empresa, para mí tiene mucho que ver con lo que uno ha hecho durante estos años: cómo se ha trabajado, cómo se ha movido, los clientes que se han consolidado. Las bodegas que han estado comprometidas con su mercado y con sus productos ahora las veo en plena actividad. Veo colegas y amigos que siguen activos.

Hay que fidelizar al consumidor. Y ahí entran varias cosas: calidad, packaging, precio y estar muy cerca del mercado y de los puntos de venta. No te podés descuidar con el precio en ningún mercado y con ningún producto.

—¿Cómo ves la aparición de vinos de menor graduación alcohólica, los desalcoholizados, los de cero alcohol y el ingreso del vino a la coctelería?

—Me parece perfecto. Me parece muy positivo que haya más variables en el mundo del vino y que el vino pueda emplearse como componente en otras bebidas. Yo vendo vino y, en nuestro caso, con alcohol. Mendoza es una de las grandes capitales mundiales del vino, y se hizo famosa primero por sus vinos y después por el atractivo que aporta la provincia. Entonces me parece excelente que aparezcan vinos nuevos, que el vino se utilice para otras bebidas y que haya nuevas posibilidades. Pero también tiene que seguir estando en la mesa, acompañando a la gastronomía y a la comida.

Ahora es momento de conocer al otro Federico: ¡no te pierdas esta entrevista en video! Y si preferís leerla… ¡seguí scrolleando!

—Hasta acá hablamos del Federico empresario, del hombre del vino. Pero hay otro Federico: tenés un lado B que decidiste mostrar públicamente. Vos tartamudeás. Y lo contaste con mucho orgullo. ¿Cómo fue crecer con esa característica del habla?

—No conozco otra manera de haber crecido que no haya sido la mía. Así que no te sabría decir cómo fue crecer de otra manera. Simplemente tuve que crecer con esto.

La verdad es que nunca, gracias a Dios, lo vi como un serio problema y nunca tuve miedo ante la tartamudez. Sí me acuerdo de chico que hablaba diferente a mis amigos, que a veces me trababa. Pero no siempre.

De chico fui a una fonoaudióloga, Silvia Dupertuis de Kemec, que fue una de las pioneras en trabajar específicamente con tartamudez. Hoy no hay tantos profesionales que se dediquen específicamente a la tartamudez o a la disfluencia, que es la falta de fluidez en el habla, ya sea por una sílaba o por una palabra. Y es algo que le ocurre a muchas personas.

—Hay algo muy fuerte en lo que decís: no hablas de una lucha contra la tartamudez, sino de haber aprendido a crecer con ella. ¿Nunca sentiste que eso te hacía diferente?

—De chico o de joven todos tenemos inseguridades. Al menos yo las tuve, pero no me sentía mal por esto. Sí hubo situaciones en las que, por ejemplo, no me expresé en el momento en que hubiera querido o como hubiera querido. Pero no por temor, quizás para que no se notara.

Eso le pasa a muchas personas que tartamudeamos. Es muy común el hecho de que a veces nos quedamos callados en determinadas situaciones en las que nuestro aporte podría haber sido perfectamente válido, pero como puede llamar la atención el cómo, nos enmudecemos.

Yo digo que cuando dejás de preocuparte por el cómo, es cuando realmente empezás a darle valor a tu situación y evolucionás.

—¿Y cómo se llega hasta ahí? Porque una cosa es la infancia y la adolescencia, cuando uno está formando su personalidad, y otra muy distinta es llegar a la adultez y pararse frente a un auditorio, una feria de vinos o una mesa de periodistas y hablar con seguridad.

—La evolución es paulatina, porque hay tips, hay formas, hay ayudas, hay tratamientos. Pero también hay algo interno que es lo que realmente te moviliza: reconocer que sos así, y listo.

A mí me pasó todo eso. De chico fui a una fonoaudióloga y seguramente me ayudó muchísimo, aunque no recuerdo exactamente cómo. Después dejé de prestarle atención al tema durante varios años. Hasta que, ya en mis veintipico, dije: “Quiero ver qué pasa acá. ¿Dónde está la traba? ¿Dónde está el origen de esto?”.

Tení­a un bisabuelo tartamudo, tíos, personas de mi familia que habían tenido o tenían esta característica. Entonces me interesó entender qué pasaba.

—Y volviste a buscar a aquella fonoaudióloga muchos años después.

—Sí. Fue una alegría inmensa volver a ver a Silvia Dupertuis de Kemec. Lamentablemente falleció hace varios años. Ella me recomendó algo que recuerdo mucho: que estudiera canto, porque todo aquello que uno haga por sí mismo, que sea liberación de energías, que tenga que ver con el uso de la voz, puede ayudar.

Entonces fui a canto. Fui a lo de Javier Segura. Me divertía muchísimo. Cantaba horrible, horrible, pero cantaba.

—¿Cantabas horrible?

—Horrible. Hice hasta dos performances. Mis amigos todavía se acuerdan. Una vez me dijeron: “Vos no cantabas, vos aullabas”. Pero yo iba feliz.

(Risas.)

—Y en ese proceso también empezaste a estudiarte a vos mismo.

—Sí. Empecé a estudiar un poco más qué me pasaba. Por qué intentaba ocultarlo. Por qué trataba de cambiar mi manera de hablar.

La tartamudez es cíclica, variable -no lo hacemos siempre de la misma manera-, involuntaria -nadie quiere tartamudear- e impredecible. Cada persona tartamudea de una manera única. Ninguno de los que tartamudeamos, tartamudeamos igual. A veces aparece y otras veces no. Y no siempre aparece de la misma forma.

Todo eso me generaba interés. Quería entenderlo.

—Pero hay un momento bisagra en tu historia. Es cuando decidís hablar públicamente de esto y aparece ese concepto tan particular que utilizaste en redes: “Disfluencer”. ¿Por qué?

—Hacía tiempo que tenía ganas de hablar del tema. Como te contaba, había empezado a estudiar mucho acerca de la tartamudez, sus posibles orígenes, sus formas. Y entendí que era algo de lo que se hablaba muy poco.

Entonces apareció la idea de contar mi experiencia desde mi lugar. Simplemente comparto lo que me pasó y lo que aprendí.

—¿Qué te hizo finalmente decir “basta, voy a mostrar esto”?

—Hubo una historia detrás. Yo empecé a hacer vino hace 27 años y en el año 2000 estábamos en el Hotel Alvear, en Buenos Aires, haciendo una cena de presentación de las primeras cosechas de la bodega.

Yo tenía 26 años y el tema de la tartamudez estaba cero resuelto. En una mesa estaba Fanny Polimeni, que me conocía, y me dijo: “Bueno, es tu momento. Hablá”.

Y yo le dije: “¿De qué?”. “De los vinos”, me respondió.

Ahí me hice una pregunta automáticamente: “¿Cómo voy a hablar si soy tartamudo?”. Nunca había tenido que hablar frente a personas de esa manera. No era lo mismo que un examen oral, estar con amigos o en una reunión.

Pero después me hice otra pregunta: “¿Por qué yo?”. Y la respuesta fue: “Porque no hay otro”.

El que había hecho esos vinos era yo. El que conocía la parte técnica dentro de mi familia era yo. El que había estudiado para eso era yo. Entonces tenía que hablar yo.

Me paré, me presenté y hablé. Y me encantó.

—Qué interesante: quizás ese día no resolviste la tartamudez, pero resolviste otra cosa.

—Sí. A partir de ahí, cada vez que puedo, meto una charla, o una degustación. Me gusta mucho hablar de lo que hacemos: simplemente eso.

Ese momento me mostró que podía hacerlo. Que no había otra persona que pudiera reemplazarme en ese lugar.

—Y casi 20 años después de aquel episodio decidiste hacer algo todavía más íntimo: hablar de tu tartamudez en Instagram. ¿Qué significó para vos?

—Yo hacía un año que quería hacer ese video. El 22 de octubre se celebra el Día Internacional de la Toma de Conciencia sobre la Tartamudez y yo ya formaba parte de la Asociación Argentina de Tartamudez.

Un 21 de octubre a la noche, hace algunos añitos atrás -yo tenía 47 años- le dije a mi mujer, Connie: “¿Y si hago este video?”. Ella me dijo: “Si no estás seguro, no lo hagas. Lo hacés el año que viene”.

Y pensé: no. Un año más no me lo banco.

Me acuerdo de que me tomé una copa de vino y fui a hacerlo.

Y mi vida cambió. Y la de mucha gente también.

—¿Qué pasó después de publicarlo?

—Fue sumamente sanador. Me encantó haberlo hecho. Tenía 47 años. Me permitió empezar a hablar del tema con mi familia, con mis amigos y con gente que empezó a escribirme.

Me llegaban mensajes de personas diciéndome: “Yo tengo lo mismo”, “tengo miedos”, “tengo un hijo”, “tengo un papá que tartamudea”. Me escribían desde todos lados.

Fue muy emocionante. Y hasta el día de hoy me llegan casos de personas que me piden alguna sugerencia.

Yo siempre aclaro que hablo desde el lugar del usuario. No soy profesional. No promuevo tratamientos. Comparto mis experiencias y, cuando puedo, derivo o aconsejo desde lo más básico.

—¿Te das cuenta de que, al mostrar algo que durante tantos años fue íntimo, terminaste ayudando a otras personas a hablar de lo que les pasa?

—Sí. Y eso fue lo más emocionante.

Porque de la tartamudez se habla poco en las casas y menos afuera de las casas. Entonces yo quería que la gente conociera el tema.

Hay personas que tienen muchísimas dificultades para hablar. Yo, gracias a Dios, me considero un dichoso por todo lo que me ha tocado vivir, por las posibilidades que tuve en mis estudios, con mis amigos, con mi familia. Siempre tuve un núcleo muy lindo.

Y hoy me doy el lujo de estar acá hablando cómodamente de esto.

—¿Alguna vez sentiste que alguien te subestimó profesionalmente por tu manera de hablar?

—No sé si recuerdo muchos casos. Sí recuerdo uno. Cuando trabajaba en un banco, antes de irme a California, un jefe me dijo: “Vos no atiendas el teléfono”.

Al principio pensé que simplemente no era mi tarea. Después me di cuenta de que quizás lo decía por mi tartamudez.

Y pensé: “Bueno, si me lo piden, ¿qué voy a hacer? No lo haré”. Pero mis compañeros me decían: “Por favor, atiénde, para nosotros es una ayuda importante. A nadie le importa si te trabas”.

Y atendía.

Con el tiempo entendí que muchas veces el límite estaba más en la mirada de los demás —o en lo que yo imaginaba que los demás podían pensar— que en mi propia capacidad.

—¿Qué le dirías hoy a una mamá o a un papá que descubre que su hijo empieza a tartamudear?

—Primero, que consulten con un especialista. Puede comenzar con el pediatra, que después puede derivar a fonoaudiología y, dentro de esa especialidad, si es posible, a alguien que trabaje específicamente con tartamudez o disfluencia.

Lo importante es informarse y buscar ayuda adecuada.

—¿Y qué no debería hacer nunca una persona cuando está frente a alguien que tartamudea?

—Hay que saber que no es una discapacidad, es una condición. Entonces lo primero es no terminarle las palabras ni las frases a quien está hablando y tiene este trastorno de la comunicación. La persona sabe qué quiere decir y sabe qué palabra quiere utilizar. Si se traba, hay que dejarla terminar.

Con el tiempo hay que recordar que no hay que desviar la mirada. Hay que mirar a los ojos con tranquilidad, demostrar que se está escuchando.

No hay que reírse ni burlarse.

Y algo que digo siempre, medio en broma: no nos digan “calmate”. No estamos nerviosos. Simplemente nos trabamos.

Tampoco quiero que me digan “respirá profundo y empezá de nuevo”. Si empecé una frase y me trabé en este punto, dejame terminar este fragmento que me queda.

—Y quizás por eso decidiste hablar. Para que quienes no conocen puedan aprender a escuchar.

—Exactamente. No creo que haya mala voluntad. Creo que hay mucha gente que no conoce del tema.

Y si no se habla del tema, ¿cómo va a conocerlo?

Por eso me pareció importante mostrarlo.

—Durante muchos años seguramente quisiste hablar sin tartamudear. Y, paradójicamente, hubo un momento en que decidiste hablar de tu tartamudez. ¿Qué cambió? ¿Cambió tu forma de hablar o cambió tu manera de escucharte?

—Cambié yo.

Y eso me llevó años. Una persona muy cercana a mi familia, que es psicóloga y muy brillante, me felicitó por haber hecho el video. Yo le dije: “Me tomó un ratito hacerlo”.

Y ella me respondió: “Te tomó 47 años hacer este video”.

Tenía razón.

Con la madurez uno también adquiere herramientas propias para afrontar lo bueno y lo problemático que le toque vivir.

Repito: esto no es una discapacidad. Es una condición, una característica del habla. Y, aunque conozco personas a las que les cuesta muchísimo hablar, en mi caso me considero muy afortunado por la vida que tuve y por las herramientas que fui construyendo.

Al final, lo principal está acá adentro (se señala el corazón y la cabeza).

—¿Qué le dirías a ese niño con disfluencia del habla que quizás está mirando el video de esta entrevista, o leyéndola?

—Le diría que esté tranquilo. Que no pasa nada.

Que siga hablando.

Que no tenga miedo de cómo va a sonar.

Y que, algún día, va a descubrir que lo importante no es cómo habla, sino todo lo que tiene para decir.

Camila Barrera

Soy periodista argentina especializada en vino, terroirs e historias que nacen detrás de cada bodega. Desde Mendoza, cuento la actualidad vitivinícola con una mirada curiosa, cercana y de territorio, entre cultura, economía, enoturismo y nuevas tendencias del vino argentino.