En el universo del vino, las historias que acompañan a cada botella forman una parte casi inseparable de la esencia de esta bebida. Cada cosecha, la parcela de origen, una decisión tomada, la familia y, en muchas ocasiones, décadas de esfuerzo que no se muestran en la etiqueta. En la viticultura, el tiempo no se mide únicamente por las vendimias; también se cuenta por los lazos que perduran y por las empresas que logran atravesar distintas etapas sin perder su identidad.
En ciertos casos, convertir esas historias intangibles en palabras no es tarea fácil ni todas las bodegas logran hacerlo, pero en el caso de Bressia Casa de Vinos, su creador, Walter Bressia, consiguió plasmar en las páginas de un libro los 25 años del proyecto familiar, acompañado por su esposa Marita y sus cuatro hijos: Marita (h), Walter, Antonella y Álvaro.
La presentación terminó convirtiéndose también en una oportunidad para hablar de negocios, de la realidad compleja que atraviesa la vitivinicultura y de una visión particular de lo que debe ser una empresa. Con casi medio siglo de vendimias a cuestas, Bressia comentó en una entrevista con MDZ Online sobre la premisa, tan simple como difícil de sostener, que ha mantenido su vigencia: no gastar más de lo que se tiene, no regalar el vino y crecer lo suficiente para que el proyecto pueda perdurar después de él.
-Para alguien que tiene que contar de qué trata el libro, ¿qué sinopsis le pondrías?
-Básicamente, lo que propone es mostrar el trabajo en familia que hemos puesto en juego. Hay un fuerte énfasis en los chicos, en lo que cada uno realiza dentro de la bodega. También aparece una historia antigua que resulta muy bonita e interesante. Hay cosas que yo desconocía y las descubrí allí. Y, sobre todo, está el espíritu de cada vino: por qué se le dio una historia al vino, por qué existe ese vino y por qué tiene ese nombre. Para dejar plasmada una historia de la bodega escrita por mí.
-En este recorrido por la historia de la bodega, ¿qué es lo más valioso que te llevas?
-Lo más valioso es haber podido construir una empresa familiar en la que mis hijos participan y trabajamos codo a codo cada día. Eso tiene un valor enorme. Mantener ese vínculo, porque junto al trabajo está saber cómo está cada uno en su día a día, si tiene preocupaciones, si está bien, cómo la está pasando. Todas esas cosas las aporta la relación cotidiana.
-En Argentina no es nada sencillo gestionar una empresa, y menos una familiar que ha perdurado tanto tiempo. ¿Cuál fue la fórmula para lograr esa permanencia y sostenibilidad en el rubro vitivinícola?
-No tener deudas es fundamental, porque te brinda tranquilidad. No hay la presión, tienes la mente despejada para mirar hacia adelante, para seguir creando, para buscar alternativas. Cuando he estado en otra empresa, bajo la presión de los bancos o de proveedores que reclaman fondos, esa situación es tremenda.
Uno siempre dice, nosotros que somos más futboleros, hay que poner la pelota adelante. No siempre es recibir de espaldas, o ir delante del caballo, es algo así. Cuando las cosas están al revés, pensar y sostenerse resulta muy complicado, y cuando aparece la primera dificultad, las cosas pueden salir mal. Eso quedó grabado y me llevó a decir: en mi empresa, lo que hay es lo que se utiliza. Si no hay, no se usa nada, no se solicita la cuenta. Y la verdad que eso ha funcionado.
Y sobre todo, tener la claridad de lo que se quiere. Como dije, nunca quise regalar el vino. Me parece un tema. Suele decirse que las bodegas han embarrado la cancha vendiendo más, complicando a otros colegas o a otras empresas. “Ve a regalarlo, regala y regala”, y al final eso no sirve.
Al menos puede servir a las grandes empresas, pero una empresa como la nuestra no quiere regalar el producto porque quiere que el vino sea respetado. Si no te lo quieren incorporar, será problema suyo. Prefiero ajustar la forma de pago, o algo por el estilo.
Y eso, creo, fue una de las cosas que hizo que nuestro vino ocupase un lugar destacado y, hoy en día, sea una marca reconocida, que no está manipulada, que tiene valor. Cuando una marca se somete a manipulaciones constantes, los precios pueden fluctuar y después, cuando se devuelven, eso es lo peor que puede ocurrir.
La experiencia me ha llevado a esa conclusión. En todo lo que he vivido, el año que viene cumpliré 50 vendimias. He visto subir y caer a numerosas bodegas como las que hoy conocemos, porque nunca imaginé que una empresa tan sólida como la nuestra podría atravesar una situación difícil. Y, bueno, esas circunstancias son una factura que te pasa el mercado.
-En un contexto como el actual, ¿cómo se hace para seguir ganando terreno o no perder este prestigio del que hablas en el mercado vitivinícola?
-Como primera medida, y ya lo mencioné, no regalo mi vino en la actualidad. Además, no dispongo de un producto en abundancia. Hasta cierto punto lo voy cuotificando. Establecemos cuotas para los distribuidores y para los clientes durante el año. Existe una cantidad determinada para cada uno y, si se agota, se terminó. Si no, hay que esperar a la próxima vendimia. Cuando se entiende que el producto es demandado por su escasez, eso aporta solidez y seguridad a la empresa. Se puede decir: “Mira, no hay stock, hay que esperar”. Entonces esa persona se prepara para el próximo año. Y eso forma parte de la estrategia.
-¿Esa premiunización de la que se habla hoy en el negocio sería la salida?
-No sé si es la única salida, porque no se trata solo de vinos premium. Me parece que se trata de un concepto sobre cómo gestionas tu marca, porque también puedes tener productos demandados en otros segmentos. Ahora, si quieres promover ese producto y su promoción te exige una producción que te supere, es probable que comiences a trabajar el mercado de otra manera y te puedas generar nuevos problemas.
-¿Cómo se distribuyen los roles dentro de la empresa familiar?
-Hoy están claramente delimitados. Mi hija Marita se encarga del mercado exterior y del marketing, junto con los equipos que atienden el mercado interno. Antonella está en la parte enológica, acompañándome en el seguimiento diario de los vinos. Walter se ocupa de la producción, definiendo el esquema de elaboración anual y la compra de insumos para el embotellado, entre otras cosas. Álvaro está a cargo de la viticultura.
Cuando llega el momento de decidir los próximos pasos, lo hacemos todos juntos. Al momento de evaluar los vinos, probarlos y definir nuevos cortes, también lo hacemos en conjunto. Nos reunimos para probar y opinar entre todos, y nos vemos a diario. Hoy las áreas están muy definidas; no hay conflictos entre una y otra. Buscamos convivir con esa organización.
-El libro aborda algo de la historia. ¿Cómo imaginas el futuro de Bressia?
-Mientras se mantengan esos principios, veo un horizonte favorable. Lo percibo sólido porque ninguno de los hijos es excesivamente ambicioso en el sentido de querer convertirlo en una megaestructura o expandirse desmedidamente. Quizá en algún momento eso llegue, claro, pero creo que primero hay que alcanzar la base. Debemos llegar.
Siempre les dije: “Desde el momento en que tomamos esta decisión, no lo veo como un proyecto que se sostenga únicamente durante mi vida; es un plan pensado a muy largo plazo.” Y para eso están ellos, para que sigan trabajando cada día.
Este es un camino paso a paso, día a día y con miras a largo plazo. Porque si no fuera así, o al menos con la experiencia que he acumulado, las bodegas que se hicieron un nombre, no solo aquí sino en el exterior, son aquellas con muchos años de trayectoria. Y en el corto plazo, quienes pretendieron hacerla así, terminaron volcándose.