En un suelo pedregoso de Cacheuta, a aproximadamente 1.200 metros sobre el nivel del mar y junto a un complejo penitenciario federal, brota un viñedo distinto a cualquier otro de Mendoza. Sus hileras están a cargo de personas privadas de la libertad que se acercan a terminar sus condenas y que, a través de la viticultura, se entrenan para reintegrarse al mundo laboral. De esas uvas nace Carcelino, un vino elaborado por Bodega Bonfanti en el marco de un convenio con el Servicio Penitenciario Federal (SPF), instrumentado por medio del Ente de Cooperación Técnica y Financiera del Servicio Penitenciario Federal (ENCOPE).
La iniciativa partió como una prueba modesta, sorteó los avatares de la pandemia, recuperó una parcela abandonada y dio su primera salida comercial en 2024. En la actualidad atraviesa una etapa crucial: dos participantes que ya recuperaron la libertad se pusieron en contacto con la bodega para indagar sobre posibles empleos en los viñedos.
Para Sebastián Bonfanti, ingeniero agrónomo, enólogo y responsable técnico del proyecto, ese acercamiento representa uno de los frutos más relevantes obtenidos desde el inicio de la experiencia.
El vino que nació de un viñedo desatendido en Cacheuta
La historia comenzó en 2019, antes de la irrupción de la pandemia, cuando un integrante del Servicio Penitenciario Federal visitó Bodega Bonfanti y le comentó a Stella Maris de Bonfanti sobre un viejo viñedo ubicado en terrenos jurisdiccionados por la penitenciaría.
En ese lugar se habían plantado originalmente nueve hectáreas, pero el proyecto había quedado en suspenso. Las plantas habían muerto, aunque permanecían restos de espalderos, alambres e infraestructura de riego.
Fue Stella Maris quien insistió para que sus hijos conocieran la parcela y evaluaran la propuesta. “Mi mamá me comentó varias veces que una persona de la penitenciaría había acercado un proyecto. Al principio tuve dudas, pero al final fui al lugar y vi que podía funcionar”, recuerda Sebastián Bonfanti.
El primer paso fue prudente. En lugar de intentar rescatar las nueve hectáreas de una, Bonfanti decidió plantar tan solo cinco hileras para observar la reacción de las vides. El ensayo dio frutos y, con el paso de los años, el viñedo se amplió hasta ocupar cerca de 7.000 metros cuadrados, repartidos en unas 60 hileras.
La expansión se llevó a cabo gradualmente, mientras la bodega y ENCOPE ponían las bases de un convenio que hoy debe renovarse cada dos años.
Cómo se gestiona el convenio entre Bonfanti y ENCOPE
El eje central del acuerdo no es exclusivamente productivo. Su objetivo principal es brindar capacitación vitivinícola y herramientas que favorezcan la reinserción laboral de las personas privadas de la libertad.
Bodega Bonfanti aporta la experiencia técnica, las plantas, la inversión necesaria para sostener el viñedo y la elaboración del vino en sus instalaciones de Perdriel, en Luján de Cuyo. El sistema penitenciario, por su parte, aporta la parcela, el acceso al agua y coordina la participación de las personas internas.
Los participantes reciben formación a lo largo de todo el ciclo del cultivo. Aprenden a podar, amarrar, regar, conservar el suelo, cuidar las plantas y cosechar. De este modo, cuando recuperan la libertad, conocen las tareas fundamentales que exige una finca vitivinícola.
Actualmente trabajan alrededor de 15 internos, aunque la cifra puede variar según quienes estén en condiciones de ingresar al llamado período de prueba.
Esta etapa está dirigida a quienes están cerca de terminar su condena y que han mantenido una conducta apta para realizar labores fuera del perímetro cerrado, siempre bajo la supervisión del personal penitenciario. Los participantes reciben una remuneración administrada por el Estado.
El convenio también establece que el 15% de las botellas obtenidas debe entregarse al ENCOPE. El organismo comercializa esa parte bajo su propia marca, Aires de Libertad.
Sebastián Bonfanti resaltó que la continuidad del proyecto fue posible gracias al acompañamiento del presidente de ENCOPE, Cristian Costadoni; del jefe del Complejo VI de Cacheuta del SPF, inspector general Alejandro González; y del director de Trabajo del establecimiento, Carlos Balguenet. También reconoció especialmente la labor de los docentes y de los internos que llevan a cabo diariamente las labores culturales del viñedo.
Un viñedo extremo a 1.200 metros de altura
Más allá de su dimensión social, Carcelino representa un desafío agronómico poco habitual. El viñedo está ubicado en Cacheuta, en un entorno de precordillera que se caracteriza por la altura, la amplitud térmica y un suelo casi totalmente cubierto de piedras.
Bonfanti afirma que se trata del único viñedo implantado en esa zona en la actualidad. Al hacer las pruebas iniciales, incluso cavar los hoyos para colocar las plantas resultaba una dificultad. “Quise hacer el primer pozo y la pala rebotó. Entonces pensé: ‘¿Qué hago aquí?’. Apenas había suelo, era puro piedra”, recuerda.
Para afrontar esas condiciones se emplearon plantas injertadas sobre portainjertos seleccionados por su adaptación a la sequía y a suelos de poca profundidad. Esa fue una de las inversiones más relevantes de la bodega, ya que cada ejemplar debía ser capaz de desarrollar raíces en un entorno tan exigente.
El trabajo se realiza de forma manual. Con el tiempo, y mediante prácticas de recuperación del suelo, se logró formar una capa fértil entre 10 y 15 centímetros. El crecimiento de la vegetación espontánea, su poda y su incorporación gradual al terreno permitieron mejorar las condiciones alrededor de las plantas.
El riego representa otro reto. Su establecimiento depende del caudal de los pozos del complejo y, en algunas zonas, el suministro se resuelve gracias a la pendiente natural del terreno, sin recurrir a bombas.
También hubo que enfrentar la presencia de vacas, cerdos y otros animales que dañaron plantas y se llevaron parte de las uvas. En la última campaña, el ataque afectó principalmente a las variedades blancas, que se emplearían para crear una nueva etiqueta.
El viñedo con certificación orgánica
El viñedo avanza, además, en su tercer año de un proceso de certificación orgánica facilitado por ENCOPE. Esto implica que no pueden emplearse fertilizantes ni productos ajenos a las normas de este tipo de producción.
Bonfanti aclara un aspecto técnico: la certificación alcanza a la uva cultivada en Cacheuta, pero no necesariamente al vino embotellado. Para que Carcelino pueda presentarse como un vino orgánico, también debería certificarse el proceso de elaboración dentro de la bodega. Por ahora, el avance se circunscribe al viñedo y a la producción de uvas.
En este sentido, para los internos, cada etapa superada funciona como un reconocimiento al trabajo realizado durante el año. Según el enólogo, quienes llevan más tiempo en el proyecto transmiten a los nuevos participantes el cuidado que exige cada planta y contribuyen a sostener las rutinas aprendidas.
Cómo es el primer vino Carcelino
La vendimia que permitió elaborar vino a granel llegó en 2024. De esa cosecha surgieron alrededor de 2.500 botellas, y, según Bonfanti, ya se comercializó cerca del 70% de ellas.
Carcelino es un tinto joven, elaborado con uvas de plantas que aún se encuentran en las primeras fases productivas. Bonfanti lo describe como un coupage de 80% Malbec, 10% Cabernet Franc y 10% Cabernet Sauvignon.
La decisión de mezclar las tres variedades respondió al bajo volumen disponible en cada parcela. El resultado es un vino fresco, afrutado y de perfil joven, con el Malbec como base del corte.
La cosecha 2025 continúa evolucionando en la bodega. Sin embargo, el ingreso de fauna y las limitaciones hídricas volvieron a condicionar el rendimiento del viñedo, especialmente en las uvas blancas.
La reinserción laboral, el resultado que empieza a tomar forma
El objetivo del proyecto es que el aprendizaje no termine cuando una persona recobra la libertad. La formación busca generar una experiencia laboral concreta en una provincia donde la poda, el riego, la cosecha y el cuidado de viñedos requieren mano de obra capacitada.
El ingeniero agrónomo reconoce que la reinserción es un proceso lento y que no depende únicamente de adquirir una habilidad. Sin embargo, opina que la capacitación puede convertirse en un primer puente hacia una ocupación formal.
También existen transformaciones menos visibles. Uno de los participantes expresó su gratitud por poder trabajar al aire libre, ya que en esas jornadas podía volver a contemplar el sol y la cordillera. Para Bonfanti, esa frase terminó por evidenciar que el impacto del proyecto va mucho más allá de las botellas producidas.
El modelo de Carcelino podría trasladarse a Salta y Neuquén
La experiencia desarrollada en Cacheuta despertó interés en otras dependencias penitenciarias federales. La idea es iniciar una prueba en la localidad salteña de General Güemes y, posteriormente, valorar una experiencia similar en Neuquén.
La llegada a Salta se realizaría mediante un ensayo que comprendería entre 200 y 400 plantas. En primer lugar se evaluará su adaptación al suelo y al clima; en función de los resultados, podría ampliarse la superficie.
La presencia en esa provincia de uno de los docentes penitenciarios -Lucas Rivas-, quien participó en la experiencia mendocina, facilitaría la transferencia de conocimientos. Este agente domina el manejo del viñedo y podría acompañar la capacitación de los nuevos participantes. La expansión se llevará a cabo de forma progresiva debido a los costos que implica plantar, transportar materiales y supervisar técnicamente un cultivo a distancia.
Carcelino nació de cinco hileras plantadas en un terreno que parecía improductivo. Hoy cuenta con un viñedo consolidado, una primera cosecha comercializada, un proceso de certificación en marcha y participantes que empiezan a demandar trabajo tras recobrar la libertad.